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Avanzan en estimar la producción forrajera con satélites

Avanzan en estimar la producción forrajera con satélites

A partir de un relevamiento bibliográfico único en el mundo, investigadores de la FAUBA determinaron cómo calcular de forma más precisa la biomasa de pastizales y pasturas en base a información de sensores remotos. Impactaría positivamente en la actividad ganadera.

21.05.2019  

Conocer la productividad de los recursos forrajeros es clave para que los productores ganaderos planifiquen mejor el manejo de sus establecimientos. Si bien este valor se puede obtener a partir de información satelital, al día de hoy es una práctica muy poco difundida debido, en parte, a que se debe lidiar con la incertidumbre de algunos datos que la herramienta requiere. En base a un análisis crítico de resultados de numerosos trabajos, un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) estableció un valor de referencia para la eficiencia del uso de la radiación de los forrajes, un parámetro fundamental para calcular cuánto producen. Además, los investigadores profundizaron en el conocimiento de los factores que controlan esta eficiencia.

“La productividad del forraje se puede estimar con un cálculo matemático muy simple que requiere sólo tres datos: la radiación solar que llega a las plantas, la fracción de esa radiación que las plantas absorben y la eficiencia con la que convierten la energía absorbida en biomasa vegetal. Los dos primeros provienen de los satélites y son precisos. El problema está en la variabilidad del tercer componente, la llamada eficiencia del uso de la radiación —o EUR—, que no surge de sensores remotos sino de experimentos a campo”, afirmó Magdalena Druille, docente de la cátedra de Forrajicultura de la FAUBA.

La investigadora explicó a Sobre La Tierra que lograr experimentalmente un valor certero de la EUR es complejo, ya que varía por numerosos y diferentes factores. Sin embargo, para estimar cuánta biomasa produce el forraje es crucial manejar un valor preciso para este parámetro. Cualquier error que se cometa en el cálculo de esa eficiencia se traslada automáticamente a la estimación de productividad.

“Nuestro objetivo en este trabajo fue conocer cuáles eran los valores más comunes de dicha eficiencia, y lo hicimos a partir de valores de EUR para distintos forrajes publicados en revistas científicas. Para eso, primero relevamos una cantidad inmensa de publicaciones y luego usamos una herramienta estadística llamada meta-análisis, que nos permitió sintetizar toda esa información. Así llegamos a determinar que la EUR promedio en la literatura es 1,9 gramos de materia seca por megajoule (MS/MJ) de energía absorbida”, puntualizó Magdalena.

Druille señaló que otro resultado clave del meta-análisis fue mostrar la variabilidad de la EUR. “Es complejo establecer un valor certero de la eficiencia del uso de la radiación a la hora de calcular la productividad del forraje. De hecho, osciló entre 0,7 y 3,1 g MS/MJ, un rango amplio. Sin embargo, ahora sabemos que hay margen para elevar esa productividad a través de esa eficiencia, ya sea con prácticas de manejo o con mejoramiento genético. Para eso es básico establecer qué factores la determinan”. El trabajo de Magdalena, en coautoría con Mariano Oyarzabal y Martín Oesterheld, docentes de la FAUBA, fue aceptado para su publicación en la revista Agronomy Journal.

Controles y más controles

“De las 204 publicaciones que encontramos, sólo incluimos en el estudio las 48 que evaluaban la influencia de diferentes factores bióticos y abióticos sobre la EUR de la biomasa aérea. Las dividimos en tres categorías según se refirieran a la disponibilidad de recursos, a la fenología de los forrajes o a sus características genéticas. En total analizamos 496 valores de eficiencia”, dijo Magdalena, y adelantó que los efectos más importantes que arrojó el meta-análisis se vincularon con el genotipo de las plantas y la disponibilidad de nitrógeno, agua y luz.

“En promedio, vimos que no hay diferencias en la eficiencia del uso de la radiación entre las especies forrajeras de climas templados —las llamadas especies C3 en la ‘jerga’ científica— y las de regiones cálidas —conocidas como especies C4—. Luego, al mirar dentro de cada grupo encontramos diferencias entre las especies que los integraban: 42% entre las C3 y 61% entre las C4. Es más, también detectamos diferencias entre variedades dentro de una misma especie; en promedio fue del 58% y en ciertos casos llegó a 396%”, resaltó la investigadora.

Druille destacó que su trabajo generó información novedosa que ayuda a comprender de qué manera se relaciona la genética de las forrajeras con el ambiente que habitan. Por ejemplo, para determinar el valor de la EUR de pastos y pasturas de regiones cálidas ahora se sabe que es esencial conocer la identidad —o sea, género y especie— de las forrajeras en cuestión, dadas las diferencias antes mencionadas. Las diferencias en estos forrajes tropicales se manifiestan, sobre todo, en condiciones de sequía, y bajo riego se tornan mucho menores.

“En cuanto a los restantes factores que inciden en la eficiencia del uso de la radiación, vimos que las especies C3 responden más a la fertilización con nitrógeno que las C4. Ese aumento en la eficiencia se manifiesta únicamente en situaciones de buena disponibilidad hídrica y en suelos de textura fina, que retienen más agua. También encontramos que la EUR aumentó en algunos forrajes sombreados en relación a otros a plena luz”, comentó Magdalena.

Cuando los satélites no alcanzan

Sobre la base de sus resultados, Druille enfatizó el hecho de que para estimar la productividad del forraje en un determinado lugar, además de la información que brindan los satélites se debe tener un conocimiento amplio de la genética de las plantas y de las características particulares del suelo y del clima, a fin de establecer con la mayor precisión posible el valor de la EUR.

“Conocer cuánto produce el forraje es clave en cualquier establecimiento ganadero —sostuvo Magdalena— porque permite ajustar el número de animales por unidad de superficie sin que se degraden los recursos naturales. También hace posible detectar, dentro del año, los momentos de déficit y superávit de alimento, lo que permite estimar la cantidad de suplemento necesario o planificar la confección de reservas. Entonces, una vez establecida la carga animal se puede tener una idea aproximada de cuál va a ser la productividad secundaria”.

“La ventaja de haber realizado el meta-análisis es que ahora conocemos bastante bien qué se sabe y qué se desconoce sobre el tema. En mi caso particular, voy a seguir investigando la eficiencia del uso de la radiación de los forrajes y pienso incorporar a los microorganismos simbiontes —puntualmente, rizobios y hongos micorrícico-arbusculares— porque sé que no hay estudios que evalúen sus efectos sobre esta eficiencia, pero hay evidencias de que repercuten en diversos procesos que sí la modifican. Queda mucho por investigar aún”, concluyó Druille.

Fuente: Pablo A. Roset (SLT-FAUBA)

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