Nota publicada Edición Impresa "Mayo 2019"
Editorial

El disenso

La naturaleza lesiva del "diálogo político" en Argentina no es una novedad. La historia atesora varios ejemplos de ello y cada vez que un mandatario llamó al consenso a sus adversarios políticos, fue porque se encontraba sumido en una crisis sin salida y con su coraza de poder francamente debilitada. Pasa así desde los tiempos de Roca o Irigoyen y se dio también con Perón, Alfonsín, Menem y De la Rúa. Incluso el "todopoderoso" kirchnerismo en su declive, intentó hacerse "transversal". Pero en todos los casos, terminó mal.
Por eso ahora cuando el presidente de la Nación, Mauricio Macri, invita a firmar diez puntos básicos para un "consenso político-económico" en el país, el hecho es considerado no como un gesto generoso y noble de un jefe de Estado hacia sus opositores, sino como un signo de ignominia y debilidad que denota la fragilidad de sus convicciones. Quizás sea un poco de ambas acepciones en este caso, porque no hay que perder de vista que se trata de Argentina y de su particular casta política, que basa sus discrepancias no en el respeto sino en el odio.
El concepto de "consenso" supone un acuerdo en base al consentimiento de las partes de un grupo o sector que posee diferencias ideológicas o intereses opuestos, pero que en virtud de un premio superador, acepta debatir a modo de pacto social un nuevo postulado integrador. ¿Eso es lo que busca Macri? ¿Eso es lo que entiende la oposición? 
Sin embargo, el "consenso" debe ser total. A diferencia de un acuerdo por "mayorías" en donde puede quedar una minoría disconforme, el consenso debe abarcar a todos; de lo contrario lo que se logra es un "disenso", que generalmente se queda en la eterna discusión dialéctica o se pierde en debates doctrinales vacíos de realidad.
El arribo del "consenso", no obstante, no implica un consentimiento activo de cada uno, sino más bien una aceptación tácita en el sentido de "no-negación", pues en este tipo de modalidad de decisión política encontró su fundamento la democracia griega, considerada el origen de la estructura gubernamental de occidente.
Ahora bien, ni el presidente busca un consenso verdadero ni la oposición argentina se caracteriza por ser un espacio político constructivo abierto al debate. 
Los famosos diez puntos de Cambiemos ya estaban escritos cuando se llamó al consenso y por más básicos que sean, no son producto de un fundido de discrepancias sino que suenan más a una imposición oficial que busca la indulgencia en un contexto apremiante que se le fue de las manos. Es decir, se trata de un "acuerdo monocorde" que no surge de un intercambio con opiniones divergentes, por lo tanto, la definición de "consenso" no aplicaría en este caso, y consecuentemente su destino natural no es la construcción.
El otro factor decisivo para el fracaso de este "manotazo de ahogado" que intenta el Gobierno, es el contenido laxo, incluso ingenuo del propio acuerdo. 
Los dos primeros puntos, los prioritarios, plantean el desafío trunco de los últimos 70 años en Argentina: "lograr y mantener el equilibrio fiscal" y "sostener un Banco Central independiente, que combata la inflación hasta llevarla a valores similares al de países vecinos".
El tercer punto de la lista exhorta una obviedad para un país de base agroindustrial: "mayor integración al mundo y crecimiento sostenido de las exportaciones". Sin embargo, en una nación donde casi la mitad de la población no accede a la canasta básica de alimentos, este punto parece soslayar un objetivo previo que está lejos de alcanzarse. 
El cuarto punto refiere al genuino perfil del ser argentino, ya que propone algo tan básico como el "respeto a la ley, los contratos y la seguridad jurídica, para promover la inversión". Esto es similar a pedir que por favor no se fume adentro de un quirófano.
En quinto lugar se ubica la "creación de empleo a través de una legislación laboral moderna"; en el sexto la "reducción de la carga impositiva"; y en el séptimo, la "consolidación de un sistema previsional sostenible y equitativo", tres aspectos declamados históricamente por todos los signos políticos pero jamás solucionados por ningún Gobierno, incluso la mayoría yendo en contra de dichos principios aun habiéndolos prometido en campaña.
El octavo inciso del acuerdo refiere a lograr "un sistema federal que impida que el Gobierno nacional ejerza la discrecionalidad y el disciplinamiento político en las provincias". En este punto, vale reírse.
Los últimos postulados establecen el compromiso de "asegurar un sistema de estadísticas transparente y elaborado en forma profesional e independiente", mientras que finaliza con el "cumplimiento de las obligaciones con los acreedores", ambos dirigidos a los ojos y oídos del inversor extranjero y la imagen internacional.
Ese es el acuerdo que tanto le cuesta suscribir a la oposición y que Cambiemos tardó tanto tiempo en sugerirles a sus eclécticos adversarios políticos.
Muchas observaciones se le pueden hacer a este decálogo, ya que no se hace referencia a cuestiones de educación, salud, ciencia o desarrollo personal y colectivo, pero se entiende que sólo se trata de un compendio estrictamente económico.
Quizás el acuerdo básico para el que no está preparada la clase política es el que posee un solo punto esencial: el respeto y acatamiento de la constitución nacional. En consecuencia, víctima de la mezquindad y la avaricia de su dirigencia política, Argentina no puede siquiera darse el lujo de celebrar un consenso político en plena crisis social y económica. La soberbia y la voracidad de poder no les permiten tan pequeño acto de grandeza.
Ya sea por incompetencia o por suspicacia, queda claro que ninguno de los líderes políticos del país está a la altura de un pacto de caballeros; ni siquiera si en juego están el bienestar y el futuro de la sociedad que dicen representar y que, acertada o equivocadamente, los eligió para gobernar.
Mientras tanto, lo único que construye y prolifera en esta endeble democracia es el disenso. Un reiterativo y mediocre disenso. 

Fuente: Nuestro Agro

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